
Creo que a veces me repito. Lo que un día escribí lo volví a reflexionar y expresar de otra manera, como pude o me dejaron. Todo huele distinto cada vez que lo cocinas, aun cuando sepa parecido. Un "cazador de recuerdos" pertenece a una extraña raza de personas. Van y vienen de aquí para allá, mirando los momentos que fueron "ocasiones de algo". Tal vez pienses que lo importante es el algo, pero lejos de ello para el cazador de recuerdos lo importante es ese "de" de la ocasión "de" algo. A ver si me explico: lo que caracteriza a un catador de vinos no es el vino en sí mismo, sino algo que lo hace ser un catador "de" algo. Por así decir, lo importante del cazador de recuerdos es que siempre están en el camino intermedio entre el objeto y la búsqueda, entre la caza y la recompensa. Allí es donde se quedan, porque nunca más volverán a tener entre sus manos aquello que tuvieron, de la misma manera que siempre están a la zaga, a la espera, atentos. Soy un cazador de recuerdos, sólo que elijo mal los míos y procuro irme pronto al presente, aun cuando viva presa del pasado, que lanza su sombra como las de los cipreses, que decía Gironella que eran alargadas. En ese "de" de la ocasión, que la define y le otorga su esencia irreductible e irreproducible (nunca más volverá a ser así) es donde se abisman los cazadores de recuerdos. Yendo y viniendo. Siempre yendo y viniendo. De aquí para allá. Se emborrachan recordando las graciosas borracheras de adolescencia. Se erotizan pensando en los primeros momentos en que torpes las manos se movían en espaldas ajenas, tan suaves y hermosas como la inocencia y ansiedad con que se movían esos dedos, todavía tontos, todavía imberbes. Se ruborizan pensando en situaciones de éxito, de premios entregados y obsequios por sorpresa, envueltos o no en papeles de colores, o en pañuelos bicolores. Se excitan recordando esos momentos en que no existió mayor placer que aquel que dominaba desde el último pelo del cuerpo hasta el cerebro en su plenitud, entre sábanas sudorosas y palabras desnudas. Se entristecen recordando no tanto el momento de cuando alguien desapareció, como los momentos en que alguien estaba todavía con ellos. Es normal, por otro lado: es difícil traer a la memoria el recuerdo de que una persona nunca más volverá a generarte recuerdos, de ésos que te gusta cazar, contemplar y dejar volar para siempre. Por eso somos cazadores de recuerdos. Porque nos gusta el pasado, el nuestro, sea el que sea, y cazamos los recuerdos, cierto que a veces más feos que otros, más hermosos que otros, más gordos o incluso más pequeñitos que otros. Pero son nuestros recuerdos. Y somos sólo eso: recuerdo. Algo perdido, que sin embargo nos dice lo que somos: puros momentos... que a veces son ocasiones.
¿Cuál es el principal problema de los cazadores de recuerdos? La irrecuperabilidad de lo tangible: en el "de" de las ocasiones siempre mediará el terrible "como si". Lo recuerdo "como si" fuera hoy. Pero no, no es hoy, es "como si" fuera hoy. Apenas podemos hacer nada para solucionarlo. Sigue siendo doloroso, pero hemos de afrontar lo inevitable: amar es doloroso. Dolor placentero, pero dolor al fin y al cabo... o placer al fin y al cabo. Por eso es mejor tener un corazón de mimbre... que no se rompe. Os dejo una canción a propósito de eso. Ya todos los cazadores de recuerdos, suerte... y buena caza.
J.

De nuevo por aquí, escuchando a Sabina. Leí una vez que Sabina revoluciona con cada texto el poema urbano. Creo intuir lo que significa, pero tampoco me lo creo del todo. Creo, más bien, que necesitamos clasificar, estropear, fosilizar. Lo cierto es que Sabina nos da una patada en cada disco, ahí, justo ahí, donde duele, donde se abre la necesidad de ser como él. Yo soy un mero aficionado al "espíritu rimbaudiano", y ahora he de "serenarme", pero sigo teniendo las mismas costumbres que adquirí hace muchos años, cuando ni siquiera escuchaba a Sabina, pero sí que leía a Baudelaire y los grandes de ese romanticismo que no era romanticismo, sino postromanticismo. Pero me daba igual, supongo. Salía de casa entre semana, sin intenciones de ir al día siguiente al instituto, sabiendo que si iba, me quedaría dormido. Ahondaba en el lado oscuro de la noche, visitaba lugares a los que no podía entrar, veía personas a las que no debía ver... y supongo que algo de todo eso se queda en el interior de uno mismo. No es la nostalgia. Bueno, un poquito del "momento canalla", de la "olimpiada nocturna", de los pantalones elásticos y los pelos alborotados, de las botas camperas con cadenas, con espuelas. Algo queda. Ahora te miras al espejo, cercano ya a los treinta, con una incipiente calvicie que, por supuesto, no llevas bien en absoluto. Te miras a ti mismo y te preguntas: "¿qué ha pasado?" Porque el tiempo ha pasado muy deprisa. Y te recuerdas a ti mismo, en un séptimo piso de una ciudad de cuyo nombre me acuerdo, pero obviamente no quiero acordarme en este momento, diciendo que no, que "en mi casa no hay nada prohibido... pero no vayas a enamorarte." Sólo te pido una cosa: no te enamores de mí. Como si tuviera algún sentido las frases que usábamos en ese entonces. Como si de hecho tuviera algún sentido. Es extraño, pero lo decía. Lo dije en dos ocasiones. Y ahora me río y me digo a mí mismo: "tío duro...". Y claro, me río, me carcajeo por lo bajo, me preguntan: "¿de qué te ríes?" Y respondo que no es nada, que es una vieja película de los años noventa que me dio por ver de nuevo... y había escenas muy graciosas.
Pero otras no lo eran tanto. Eran terroríficas. Porque todo lo hacía grandilocuente. Porque todo lo hacía dramático. Porque mi vida, en efecto, era una tragedia que me conducía sin descanso hasta un final en que me imaginaba a mí mismo, como el protagonista de "El guardián entre el centeno", cogiéndome las tripas, herido, sin estarlo, pero deseándolo. Pero sólo era el deseo de no haber tenido una vida tan fácil, tan deliciosa... es entonces cuando me daba por complicarla y por hacer estupideces. Y en esos momentos, curiosamente, ya no me sentía vivo, sino que me sentía excesivamente vivo... porque tenía sobre mi cabeza una máscara. Pero qué diablos, ojalá terminara esto diciendo: "pero en realidad no era yo". No, lo cierto es que aquella máscara también era yo, y me quedaba, y perdona, de puta madre. Porque ése era yo, era el yo que me gustaba soltar de vez en cuando, de paseo, de caza, de pelea, para verlo todo en blanco y negro, como decía la canción de Barricada.
Así, entre Sabina y Barricada, me he acordado de una frase que dije en más de una ocasión, que no he vuelto a decir, pero que me tendría que haber dicho a mí mismo bastantes veces más: "no vayas a enamorarte". Y, sin embargo, lo hice... y dolió, vaya si dolió. Y volvió a doler. Y te llamaron "tío duro". "Chulo". Macho". Te llamaron muchas cosas, algunas con la intención de hacer daño, y otras, por el contrario, con la intención de soltar una rabia contenida.
Así, entre Sabina y Barricada, me largo a escuchar otra canción y a seguir escribiendo las cosas que he de escribir, y no estas mamarrachadas.
J.
No te acuerdes más de ella. Nunca más. Será lo mejor. Lo mejor. Sí, mejor, tómate un café... será lo mejor que puedes hacer. Te llaman Mr. Difícil. Todo lo ves a la inversa de como lo ve la otra persona. Todo lo ves al contrario de como debería verse. Te llaman Mr. Difícil. Pero lo que pasa es que has pasado un mal día. Sólo eso. Un mal día en que todo te ha salido al revés, en que nada te ha salido como esperabas, en que te has dado una leche con el coche al salir del garage... cosas que pasan, cosas que suceden, que la reparación no va a costar mucho, pero va a costarte parte de tu mísera paga de un mes. La ventaja de ser pluriempleado en dinero negro: que siempre tienes la posibilidad de contar con cien eurillos por un trabajo cutre, pero rentable (al menos, hasta llegado el momento en que te vas a casa pensando: ¿qué mierdas estoy haciendo con mi vida?). Aguantar borrachos no es lo mejor del mundo, pero, por lo menos, son cien eurillos que te van a venir estupendamente. Además, pinchas la música que a ti te gusta. Además... las cosas no son tan duras como parecen. Más quisieras, Mr. Difícil. Pero por hoy ya vale. No te acuerdes más de ella. Te dolerá. No te acuerdes más de ella. Se tomó una copa. Se fue al baño. Salió colgada. Te miró. Te sonrió. La miraste. No le sonreíste. Asomó la duda de la compasión, pero quedó a medio camino de la barra, donde otros se reían. Se fue. No pienses más en ella. Pincha la canción. Y olvídate.
Espero volver a verte, pequeña.
J.
Me gusta Johnny Cash y me encanta la película que le han dedicado, interpretándole maravillosamente Joachim Phoenix. Lo cierto es que, además, el parecido natural entre ambos es asombroso. Desconozco si eligieron ese actor precisamente por la semejanza o por sus dotes para la actuación, que desde luego son más que destacables. Quizás el momento más grandioso es cuando tocan "Folsom Prison Blues" frente al agente. Su historia es una historia icónica para los estadounidenses, pero en gran medida para muchas más personas. La historia de la canción, por lo demás, es un verdadero canto al sinsentido en que vive sumergido el ser humano, especialmente cuando dice aquello de:
When I was just a baby,
My Mama told me, "Son,
Always be a good boy,
Don't ever play with guns,"
But I shot a man in Reno,
Just to watch him die,
When I hear that whistle blowin',
I hang my head and cry.
Le disparó en Reno, ciudad de juego y de alcohol, de vicio y de mitos para los pobres europeos que se contentan en el mundo de las gafas de pasta y las juerguecitas intelectualoides. Y allí, le disparó. En Reno, "just to watch him die"... sólo para verle morir. Cierto que después se cogió la cabeza, imposibilitado para otra cosa que no fuera para llorar. Pero el caso es que lo hizo, sólo para verle morir. Evidentemente, la canción dice mucho más: no creo que pensara el bueno de Cash en un asesino en serie. Lejos de ello, más bien parece que el tipo no le caía bien, y ese "die" sea en realidad "just to shut him up". O algo parecido. El trayecto del preso por la prisión de Folsom... es, desde luego, el mismo trayecto que muchos hacemos día tras día. Un trayecto que se convierte, a la larga, en el trayecto del "tirar p'alante", aun cuando a veces, en efecto, queramos matar a alguien, sólo para verle morir... sólo para que se calle... sólo para que nos deje vivir en paz y tranquilos.
O a lo mejor la canción dice lo que dice, y nada más. Y el tipo se equivocó. La pregunta es: ¿tiene algún tipo de redención? Da lo mismo... el tiempo pasado es suficiente para que nos diga, como muchos diríamos en su situación... o en situaciones parecidas:
Far from Folsom Prison,
That's where I want to stay,
And I'd let that lonesome whistle,
Blow my Blues away.
Buscando el norte

Es muy difícil estar “atento al acontecer”… principalmente, cuando ni yo mismo sé lo que significa “estar atento al acontecer”. No sé cómo explicár(me)telo. Verás… no sé si el ejemplo servirá, pero viene a suceder que cuando esperas a un autobús, pero podemos probarlo. Imagínate sentado en la parada
Buscando el norte

Hamlet, héroe que escapó de la tragedia para incurrir en los campos de lo melancólico. Permíteme esas licencias con las categorías... pero empiezo por Hamlet y sigo para hablar de mis orejas. Verás, es que me voy a apropiar del tema de la semana y una cosa me ha llevado a la otra. No pondré fotos de cuando era chiquitín, porque no las tengo conmigo. Quedaron en casa de mi madre y ahora ya no están conmigo. Algún día las recuperaré, pero espero que cuando sea tarde, porque entonces significará que nadie hay para mirarlas y decir: "mira qué ricura". Recuerdo que tenía una cabeza delgada y unas orejas gigantes. Pienso incluso que me ha sucedido como a los gatos, que nacen con el tamaño de las orejas plenamente alcanzado... y luego con esas orejas se quedan. Nací así, con las orejas desarrolladas y, de repente, me doy cuenta de que guardan ahora cierta proporción con mi cabeza. Pero me miro al espejo y veo que comienza a aparecer el cartón, por lo que entiendo que, en cuanto no me quede ya ni un solo ni miserable cabello en la iluminada calva, mis orejas volverán a adquirir su tono de desproporción. Y volveré a ser como un niño. Supongo. Mayor, cierto, pero con ciertas similitudes: orejas grandes y cabeza pelona. Me gustaría que tuviera gracia, pero no la tiene. Mal que me pese, este artículo destila ironía por los cuatro costados. Mmmmm... qué mal llevo lo de la alopecia... "¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio..., era un hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu propia deformidad... Ve al tocador de alguna de nuestras damas y dile, para excitar su risa, que porque se ponga una pulgada de afeite en el rostro; al fin habrá de experimentar esta misma transformación..." Las cosas como son: dicho en boca de Lurence Olivier en el idioma original de Shakespeare, es una delicia. De ahí la fotografía, a falta de una peor en que salga yo mismo con mis orejas de soplillo. :-)
Buscando el norte

Me gustaría volver a tener diecisiete años y pasarme noches enteras escribiendo a lo Rimbaud, a lo Baudelaire, a lo Emilio Carrere, el último bohemio. Me gustaría decirte que sí, que estoy en ello, desgranando letras que forman palabras y que poco a poco, muy poco a poco, logran destilar la esencia de la poesía en que todo se vuelve más oscuro y sin embargo más brillante. Pero no, no estoy en ello. No estoy bebiendo copas de vino, sudando con camisas de seda y chorreras en las manos. Estoy trabajando en una tesis doctoral, de un tema muy bonito, pero que como suele suceder con estas cosas, sólo interesa al que lo hacey, si tienes suerte, a quien lo ha de leer. Pero sólo si tienes suerte. Y no he estado trabajando toda la noche, ya me gustaría sentirme así de romántico. En realidad, me he levantado hace media hora, pues los investigadores llevamos horarios espartanos, intentando sacar en claro y poner a la luz aspectos interesantes de épocas remotas, si es que te dedicas a investigar épocas remotas, claro, que es mi caso. Y si además estudias filosofía, pues entonces es algo maravilloso lo tuyo, como a mí me sucede. Pero no suele suceder así. Ni que tú te dediques a filosofía, ni que a ti te interese lo que hago, ni mucho menos mi tesis doctoral que trata de un tema tan interesante como... bueno, dejémoslo. El caso es que nadaba escuchando al Sabina y me apetecía, de repente, escribir, dado que las páginas se atascan y no hay modo de hacerlas avanzar. Te abismas en el espacio en blanco y apenas logras desarrollar una buena idea. Pero cuando la tienes... ¡zas! Se ilumina tu mente y todo tu mundo. Y entonces sólo existís tú y tu tesis, una dura lucha dialéctica, apasionada... de amor, en realidad. Si no tienes la idea, te dedicas a hacer el vago...o a escribir una página en el blog, que no será ni la última, ni, desde luego, la primera vez.
Buscando el norte... y escondido
