
De nuevo por aquí, escuchando a Sabina. Leí una vez que Sabina revoluciona con cada texto el poema urbano. Creo intuir lo que significa, pero tampoco me lo creo del todo. Creo, más bien, que necesitamos clasificar, estropear, fosilizar. Lo cierto es que Sabina nos da una patada en cada disco, ahí, justo ahí, donde duele, donde se abre la necesidad de ser como él. Yo soy un mero aficionado al "espíritu rimbaudiano", y ahora he de "serenarme", pero sigo teniendo las mismas costumbres que adquirí hace muchos años, cuando ni siquiera escuchaba a Sabina, pero sí que leía a Baudelaire y los grandes de ese romanticismo que no era romanticismo, sino postromanticismo. Pero me daba igual, supongo. Salía de casa entre semana, sin intenciones de ir al día siguiente al instituto, sabiendo que si iba, me quedaría dormido. Ahondaba en el lado oscuro de la noche, visitaba lugares a los que no podía entrar, veía personas a las que no debía ver... y supongo que algo de todo eso se queda en el interior de uno mismo. No es la nostalgia. Bueno, un poquito del "momento canalla", de la "olimpiada nocturna", de los pantalones elásticos y los pelos alborotados, de las botas camperas con cadenas, con espuelas. Algo queda. Ahora te miras al espejo, cercano ya a los treinta, con una incipiente calvicie que, por supuesto, no llevas bien en absoluto. Te miras a ti mismo y te preguntas: "¿qué ha pasado?" Porque el tiempo ha pasado muy deprisa. Y te recuerdas a ti mismo, en un séptimo piso de una ciudad de cuyo nombre me acuerdo, pero obviamente no quiero acordarme en este momento, diciendo que no, que "en mi casa no hay nada prohibido... pero no vayas a enamorarte." Sólo te pido una cosa: no te enamores de mí. Como si tuviera algún sentido las frases que usábamos en ese entonces. Como si de hecho tuviera algún sentido. Es extraño, pero lo decía. Lo dije en dos ocasiones. Y ahora me río y me digo a mí mismo: "tío duro...". Y claro, me río, me carcajeo por lo bajo, me preguntan: "¿de qué te ríes?" Y respondo que no es nada, que es una vieja película de los años noventa que me dio por ver de nuevo... y había escenas muy graciosas.
Pero otras no lo eran tanto. Eran terroríficas. Porque todo lo hacía grandilocuente. Porque todo lo hacía dramático. Porque mi vida, en efecto, era una tragedia que me conducía sin descanso hasta un final en que me imaginaba a mí mismo, como el protagonista de "El guardián entre el centeno", cogiéndome las tripas, herido, sin estarlo, pero deseándolo. Pero sólo era el deseo de no haber tenido una vida tan fácil, tan deliciosa... es entonces cuando me daba por complicarla y por hacer estupideces. Y en esos momentos, curiosamente, ya no me sentía vivo, sino que me sentía excesivamente vivo... porque tenía sobre mi cabeza una máscara. Pero qué diablos, ojalá terminara esto diciendo: "pero en realidad no era yo". No, lo cierto es que aquella máscara también era yo, y me quedaba, y perdona, de puta madre. Porque ése era yo, era el yo que me gustaba soltar de vez en cuando, de paseo, de caza, de pelea, para verlo todo en blanco y negro, como decía la canción de Barricada.
Así, entre Sabina y Barricada, me he acordado de una frase que dije en más de una ocasión, que no he vuelto a decir, pero que me tendría que haber dicho a mí mismo bastantes veces más: "no vayas a enamorarte". Y, sin embargo, lo hice... y dolió, vaya si dolió. Y volvió a doler. Y te llamaron "tío duro". "Chulo". Macho". Te llamaron muchas cosas, algunas con la intención de hacer daño, y otras, por el contrario, con la intención de soltar una rabia contenida.
Así, entre Sabina y Barricada, me largo a escuchar otra canción y a seguir escribiendo las cosas que he de escribir, y no estas mamarrachadas.
J.

Saludos !!!
De toda la prosa y los versos de este Madrid tan caldeado por estas fechas, me quedo con los del genio de Úeda, nuestro Joaquin Sabina, uno de los mejores compositores de la vida urbana que ha dado nuestra música...
Arrivederci !!!